En el fondo del pozo donde están peleando las huestes del PSOE, está la clave del problema a resolver, que no es otro que ser o no ser algo dentro de la Europa unida. Para más claridad, los del PSOE tienen que decidir sobre si quieren o no que España permanezca en la Unión Europea, no en fase mendicante, sino como país influyente; no sometidos a marcaje, sino con espíritu creador y libre dentro de una disciplina voluntariamente aceptada.
Al PSOE le ha pillado el empuje europeo evocando la bandera republicana, cambiando los nombres de las calles y haciendo la guerra a un general que ya no existe, ni pincha ni corta. Eso lo vió muy a las claras Felipe González, estadista, cuando abjuró del marxismo, porque era otra la época que nos tocaba vivir, otra el área donde el destino había situado a los españoles, otro el panorama europeo donde se jugaba la partida.
El actual líder socialista, tal vez de buena fe, cree que el futuro, tanto suyo como el de su partido, está en enrocarse frente a los conservadores y abrir puertas al populismo rampante. Esto supone seguir por el camino del calvario, sujeto a disciplinas económicas impuestas desde Europa, mucho más duras que la austeridad exigida por las autoridades del propio país afectado por la crisis.
En estos momentos son muchos los europeos (y los residentes en países prósperos) que permanecen expectantes ante lo que suceda en España y -según sea el desenlace del problema socialista- veremos su disposición a permanecer o alejarse de la Península Ibérica (Portugal también influye).
Seamos optimistas; pero no por ello dejemos de estar preparados para lo peor, como buenos europeos. En estos momentos los inversores del ámbito mundial , interesados en negociar con y en España, están atentos a las noticias que genera la política española. Si el PSOE no cambia de actitud y no se pasa al bando europeísta, las clases medias españolas comenzarán a notar los efectos negativos del cambio bolivariano impuesto por los que se tienen por progresistas.
jueves, 31 de diciembre de 2015
miércoles, 30 de diciembre de 2015
ANTE NUEVAS ELECCIONES
Después de la guerra del 36, prohibida en España la presencia de partidos políticos, sometidos a censura los medios de información y controladas las reuniones más inocentes por la vigilancia gubernativa, los ciudadanos vivieron una disciplina que sufrió mucho más el común de las gentes que los indómitos rebeldes preparados para escaquearse de tanto rigor.
Era el contrapunto ante la caterva de partidos que, por ambiciones personales, fueron incapaces de ponerse de acuerdo durante la II República para gestionar este país llamado España.
Los españoles vamos de un extremo a otro: todo o nada. Vivimos sin partidos políticos cerca de cuarenta años y cuando se abrió el grifo fueron tantos los que se registraron, que se llegó a pensar en gobiernos formados por una sopa de letras.
Por eso, los legisladores procuraron favorecer el bipartidismo, propio de naciones adelantadas, sin tener en cuenta que siendo pocos los partidos en el poder, los favorecidos con cargos políticos en España, a nada que pisan moqueta y cobran por ello, tienden a perpetuarse hasta convertirse en político adictos. Razón para no dimitir. De ahí a valerse de medios sospechosos y hasta delictivos para redondear fortunas desde la política, solo hay un paso. No se cansan de repetir, todos, que luchan por defender la felicidad de los españoles, pero cuando las cosas empeoran las gentes quieren el cambio; prefieren lo nuevo.
Al calor de esa novedad surgen partidos (es el caso de Ciudadanos y Podemos), que empiezan por anunciar sus deseos de justicia en favor de los más desasistidos de la población y la gente los cree. Los partidos ya gastados, aun diciendo lo mismo, no son creíbles y caen en picado.
La salvación de estos partidos viejos está en unirse y crear así una novedad ya ensayada en la Europa unida. Esto lo entrevé Mariano Rajoy que, aun siendo castigado por el desafuero de propios y ajenos, (que lo van a matar a disgustos) es el más cauto de los políticos al uso en esta España nuestra. Pero para el PSOE (quién te ha visto y quién te ve) la terquedad es una virtud.
Dicen los expertos que unas nuevas elecciones van a favorecer a "Podemos" y perjudicar sobre todo al PSOE, partido dividido hasta las cachas.
Siendo así -lo dicen también los expertos- , tendremos nuevas elecciones con algunos cambios y, si no quiere ir de culo, el PP tendrá que renovar el vestuario y mejorar su programa. Tendrá que ser más emotivo y mejor didáctico. Lo pide el pueblo que vota.
En fin, España pudiendo ponerse a la altura de Francia y Alemania, puede descender a los bajos fondos de Grecia. ¡En ésas estamos!
Era el contrapunto ante la caterva de partidos que, por ambiciones personales, fueron incapaces de ponerse de acuerdo durante la II República para gestionar este país llamado España.
Los españoles vamos de un extremo a otro: todo o nada. Vivimos sin partidos políticos cerca de cuarenta años y cuando se abrió el grifo fueron tantos los que se registraron, que se llegó a pensar en gobiernos formados por una sopa de letras.
Por eso, los legisladores procuraron favorecer el bipartidismo, propio de naciones adelantadas, sin tener en cuenta que siendo pocos los partidos en el poder, los favorecidos con cargos políticos en España, a nada que pisan moqueta y cobran por ello, tienden a perpetuarse hasta convertirse en político adictos. Razón para no dimitir. De ahí a valerse de medios sospechosos y hasta delictivos para redondear fortunas desde la política, solo hay un paso. No se cansan de repetir, todos, que luchan por defender la felicidad de los españoles, pero cuando las cosas empeoran las gentes quieren el cambio; prefieren lo nuevo.
Al calor de esa novedad surgen partidos (es el caso de Ciudadanos y Podemos), que empiezan por anunciar sus deseos de justicia en favor de los más desasistidos de la población y la gente los cree. Los partidos ya gastados, aun diciendo lo mismo, no son creíbles y caen en picado.
La salvación de estos partidos viejos está en unirse y crear así una novedad ya ensayada en la Europa unida. Esto lo entrevé Mariano Rajoy que, aun siendo castigado por el desafuero de propios y ajenos, (que lo van a matar a disgustos) es el más cauto de los políticos al uso en esta España nuestra. Pero para el PSOE (quién te ha visto y quién te ve) la terquedad es una virtud.
Dicen los expertos que unas nuevas elecciones van a favorecer a "Podemos" y perjudicar sobre todo al PSOE, partido dividido hasta las cachas.
Siendo así -lo dicen también los expertos- , tendremos nuevas elecciones con algunos cambios y, si no quiere ir de culo, el PP tendrá que renovar el vestuario y mejorar su programa. Tendrá que ser más emotivo y mejor didáctico. Lo pide el pueblo que vota.
En fin, España pudiendo ponerse a la altura de Francia y Alemania, puede descender a los bajos fondos de Grecia. ¡En ésas estamos!
martes, 29 de diciembre de 2015
RAMALAZOS DE RENCOR
La primera crisis económico social, de la que guardo recuerdos imborrables, coincidió con los años de la II República. No pude evaluar cabalmente los síntomas de aquella crisis -solo tenía unos diez años- pero, con el paso del tiempo, reconocí sus efectos y cómo situarlos en el lugar correspondiente del rompecabezas político de la época, que terminó en lucha abierta y sin piedad; es decir, acabó en una guerra civil, polo opuesto a toda solución civilizada, causa de una pobreza que trajo muertes que jamás se contaron.
Murieron personas inocentes, muchos en la flor de su edad, sin enterarse de por qué ni para qué, y sin una "memoria histórica" quede recuerde su sacrificio.
¿Y por qué se llegó a la guerra? Muy sencillo: porque los políticos se odiaban y el odio fue calando en el alma de los más inocentes.
No estoy conforme con la interpretación de algunos historiadores según la cual, la guerra civil española, fue consecuencia del fracaso de un golpe militar organizado por las derechas. La guerra vino como consecuencia de la rebelión popular generalizada; rebelión de las derechas por un lado y de las izquierdas por otro. Los primeros por miedo a verse desbordados por la revolución del proletariado, ya ensayada en 1934 en Asturias, y los segundos porque se sentían merecedores de una justicia social que se les regateaba, incluso al amparo de una República de progreso que la prometió y no la ponía en práctica; todo a juicio de los extremistas que ayudaron a que se proclamara.
Llegado el estallido del 36, los revolucionarios se rebelaron, pidieron armas a las autoridades republicanas (que en buena parte se las negaron) y pese a ello, se hicieron los amos en muchas provincias; y en la zona nacional los anti revolucionarios hicieron otro tanto y encontraron el armamento en los cuarteles donde ya muchos militares se pronunciaron a favor de la rebelión civil conservadora.
Pero la efervescencia de ese caldo de cultivo, de ese rencor, fue cosa de los políticos de una y otra cuerda que nunca estuvieron dispuestos a entenderse.
No quiero con esto establecer comparaciones entre el ayer y el hoy. ¡Dios me libre! Pero nadie negará que se dan casos de rencor como si los españoles, una vez cerradas las rendijas al odio en la transición, quisieran volver atrás. No se sabe si una parte de la sociedad española quiere que resuciten los fantasmas del odio, pero sin duda algunos políticos disfrutan poniendo el punto de mira en objetivos inalcanzables, dispuestos a conseguirlos o a negarlos a cualquier precio. Lo curioso del caso es que esos mismos políticos quieren demostrar lo contrario con buenas palabras, aunque los hechos sigan el camino de la intransigencia de la que dimana el rencor. El tiempo lo dirá.
Solo se sabe que ha llegado el turno de las mutuas concesiones en medio de un proceso descalificador que alcanza a los partidos más sólidos. Esto no ha hecho sino empezar y ya se vislumbran los primeros ramalazos de un odio consentido. No quieren mirar a Europa.
Murieron personas inocentes, muchos en la flor de su edad, sin enterarse de por qué ni para qué, y sin una "memoria histórica" quede recuerde su sacrificio.
¿Y por qué se llegó a la guerra? Muy sencillo: porque los políticos se odiaban y el odio fue calando en el alma de los más inocentes.
No estoy conforme con la interpretación de algunos historiadores según la cual, la guerra civil española, fue consecuencia del fracaso de un golpe militar organizado por las derechas. La guerra vino como consecuencia de la rebelión popular generalizada; rebelión de las derechas por un lado y de las izquierdas por otro. Los primeros por miedo a verse desbordados por la revolución del proletariado, ya ensayada en 1934 en Asturias, y los segundos porque se sentían merecedores de una justicia social que se les regateaba, incluso al amparo de una República de progreso que la prometió y no la ponía en práctica; todo a juicio de los extremistas que ayudaron a que se proclamara.
Llegado el estallido del 36, los revolucionarios se rebelaron, pidieron armas a las autoridades republicanas (que en buena parte se las negaron) y pese a ello, se hicieron los amos en muchas provincias; y en la zona nacional los anti revolucionarios hicieron otro tanto y encontraron el armamento en los cuarteles donde ya muchos militares se pronunciaron a favor de la rebelión civil conservadora.
Pero la efervescencia de ese caldo de cultivo, de ese rencor, fue cosa de los políticos de una y otra cuerda que nunca estuvieron dispuestos a entenderse.
No quiero con esto establecer comparaciones entre el ayer y el hoy. ¡Dios me libre! Pero nadie negará que se dan casos de rencor como si los españoles, una vez cerradas las rendijas al odio en la transición, quisieran volver atrás. No se sabe si una parte de la sociedad española quiere que resuciten los fantasmas del odio, pero sin duda algunos políticos disfrutan poniendo el punto de mira en objetivos inalcanzables, dispuestos a conseguirlos o a negarlos a cualquier precio. Lo curioso del caso es que esos mismos políticos quieren demostrar lo contrario con buenas palabras, aunque los hechos sigan el camino de la intransigencia de la que dimana el rencor. El tiempo lo dirá.
Solo se sabe que ha llegado el turno de las mutuas concesiones en medio de un proceso descalificador que alcanza a los partidos más sólidos. Esto no ha hecho sino empezar y ya se vislumbran los primeros ramalazos de un odio consentido. No quieren mirar a Europa.
domingo, 27 de diciembre de 2015
UNAS AUTONOMÍAS PROVINCIALES .
Me van a perdonar el atrevimiento, pero conviene que sepan que manifesté pública y notoriamente mi abstención cuando se votó por primera vez el texto constitucional. Muy sencillo: para mí el título VIII y artículos concordantes constitucionales nos llevarían, al cabo del tiempo, a un callejón sin salida; nos llevarían a replantearnos la secesión de Cataluña y del País Vasco español para empezar, y de Galicia y otras regiones en fases sucesivas. Y así está sucediendo.
Ahora veo cómo se van materializando las fases de la secesión a la catalana, algo que nunca pude imaginar. Es decir, nunca pensé que sería desde la deslealtad y traición a unos principios, a una legislación y a unas instituciones españolas, sin que el Gobierno ni la oposición (anti secesionistas) fueran capaces de ponerse de acuerdo para impedir esta burla; o mejor dicho, este corte de mangas con que los catalanes separatistas nos han mandado a los españoles y a su soberanía a tomar vientos, por no decir algo peor, incluyendo en el desprecio a partidos políticos españoles y a organizaciones supranacionales
Pero el asunto es más grave, ya que las autonomías actuales (salvo alguna excepción) fueron concebidas a lo grande. Necesitaron montar un descomunal aparato autonómico de alto coste, sin que olvidemos el gasto que dimana de las subvenciones y ayudas -muchas de ellas partidistas-, asumidas para mantener vivo el espíritu que aviva el hecho diferencial de cada territorio autonómico. Ahora, algunas se las ven y desean para cumplir con sus presupuestos y no ir a la suspensión de pagos; sin contar con que, en bastantes casos, las tales autonomías han sido fuente de corrupción y manantial de empresas inútiles. Cataluña es un ejemplo.
Para más inri se quieren cargar a las Diputaciones provinciales, después de haberlas reducido a la mínima expresión, culpas que no son suyas. Quieren que desaparezcan, pese a estar reconocida sus existencia en la Constitución. Sí; hace falta emprender una reforma constitucional. Y las Diputaciones pueden jugar un gran papel en esa reforma. Si queremos salir del atolladero al que nos han llevado la osadía de unos y la incuria (poco cuidado, negligencia) de otros en el proceso autonómico español, no habrá otro remedio que idear un cambio y hacerlo con sentido constructivo.
Las autonomías que hoy abarcan demarcaciones regionales, podrían perdurar previa demostración de un hecho cierto: para que una autonomía funcione bien, no hay necesidad de mantener el costoso aparato y la excesiva burocracia que hoy se sostiene entre grandes apuros; todo por querer gestionarse con las pretensiones de un Estado; la realidad es que, de forma directa o indirecta, los que pagan y padecen esas autonomías son los españoles del pueblo llano; sobre todos las clases medias, que soportan una carga tributaria por encima de sus posibilidades.
El dinero se nos va en inversiones improductivas, cuando podría destinarse bien administrado, si se redujeran los gastos autonómicos, a inversiones productivas con las que mitigar, por ejemplo, el paro.
El hecho cierto es que las autonomías podrían desarrollarse y progresar con un reducido costo, como sucedía en la Diputación de Álava cuando disfrutaba de una autonomía foral reducida a su provincia, que resultó muy provechosa para los alaveses por su bajo coste. No han de desaparecer las Diputaciones, sino más bien -basándose en su existencia y por vías democráticas- contando con ellas para muy concretas tareas; se podrían racionalizar y reducir muchos gastos.
Sería bueno y útil consultar si sus habitantes querrían, sin perder ninguno de los derechos ya alcanzados, que su autonomía funcionara dentro de su ámbito provincial con más competencias, y poder salir así de la situación actual, aparentemente inútil, en beneficio de las fagocitadas zonas rurales. Podría ser la forma de corregir errores y de mantener el deseo de mejorar su provincia y de frenar los separatismos con otro formato.
Estamos tocando una materia peligrosa, ya que lo que hoy priva, es separarse de España con pretensiones de constituirse en naciones-estado independientes, con territorios de mayor formato que la provincia. La nación no es fácil que funcione en una demarcación provincial. Necesita más espacio.
¿Que suerte correrían algunos espacios autonómicos si se pudiera dotar de autonomía a cada provincia?
Ahora veo cómo se van materializando las fases de la secesión a la catalana, algo que nunca pude imaginar. Es decir, nunca pensé que sería desde la deslealtad y traición a unos principios, a una legislación y a unas instituciones españolas, sin que el Gobierno ni la oposición (anti secesionistas) fueran capaces de ponerse de acuerdo para impedir esta burla; o mejor dicho, este corte de mangas con que los catalanes separatistas nos han mandado a los españoles y a su soberanía a tomar vientos, por no decir algo peor, incluyendo en el desprecio a partidos políticos españoles y a organizaciones supranacionales
Pero el asunto es más grave, ya que las autonomías actuales (salvo alguna excepción) fueron concebidas a lo grande. Necesitaron montar un descomunal aparato autonómico de alto coste, sin que olvidemos el gasto que dimana de las subvenciones y ayudas -muchas de ellas partidistas-, asumidas para mantener vivo el espíritu que aviva el hecho diferencial de cada territorio autonómico. Ahora, algunas se las ven y desean para cumplir con sus presupuestos y no ir a la suspensión de pagos; sin contar con que, en bastantes casos, las tales autonomías han sido fuente de corrupción y manantial de empresas inútiles. Cataluña es un ejemplo.
Para más inri se quieren cargar a las Diputaciones provinciales, después de haberlas reducido a la mínima expresión, culpas que no son suyas. Quieren que desaparezcan, pese a estar reconocida sus existencia en la Constitución. Sí; hace falta emprender una reforma constitucional. Y las Diputaciones pueden jugar un gran papel en esa reforma. Si queremos salir del atolladero al que nos han llevado la osadía de unos y la incuria (poco cuidado, negligencia) de otros en el proceso autonómico español, no habrá otro remedio que idear un cambio y hacerlo con sentido constructivo.
Las autonomías que hoy abarcan demarcaciones regionales, podrían perdurar previa demostración de un hecho cierto: para que una autonomía funcione bien, no hay necesidad de mantener el costoso aparato y la excesiva burocracia que hoy se sostiene entre grandes apuros; todo por querer gestionarse con las pretensiones de un Estado; la realidad es que, de forma directa o indirecta, los que pagan y padecen esas autonomías son los españoles del pueblo llano; sobre todos las clases medias, que soportan una carga tributaria por encima de sus posibilidades.
El dinero se nos va en inversiones improductivas, cuando podría destinarse bien administrado, si se redujeran los gastos autonómicos, a inversiones productivas con las que mitigar, por ejemplo, el paro.
El hecho cierto es que las autonomías podrían desarrollarse y progresar con un reducido costo, como sucedía en la Diputación de Álava cuando disfrutaba de una autonomía foral reducida a su provincia, que resultó muy provechosa para los alaveses por su bajo coste. No han de desaparecer las Diputaciones, sino más bien -basándose en su existencia y por vías democráticas- contando con ellas para muy concretas tareas; se podrían racionalizar y reducir muchos gastos.
Sería bueno y útil consultar si sus habitantes querrían, sin perder ninguno de los derechos ya alcanzados, que su autonomía funcionara dentro de su ámbito provincial con más competencias, y poder salir así de la situación actual, aparentemente inútil, en beneficio de las fagocitadas zonas rurales. Podría ser la forma de corregir errores y de mantener el deseo de mejorar su provincia y de frenar los separatismos con otro formato.
Estamos tocando una materia peligrosa, ya que lo que hoy priva, es separarse de España con pretensiones de constituirse en naciones-estado independientes, con territorios de mayor formato que la provincia. La nación no es fácil que funcione en una demarcación provincial. Necesita más espacio.
¿Que suerte correrían algunos espacios autonómicos si se pudiera dotar de autonomía a cada provincia?
viernes, 25 de diciembre de 2015
¿QUÉ HACEMOS SI AUMENTA EL PARO?
El triunfo en España de las políticas populistas, y la tendencia a que sea el sector público quien peche con la carga de dar de comer. de beber y de prestar hogar, calor y un mínimo asistencial a los necesitados, digan lo que quieran los propagandistas de estas doctrinas, tienen un precio.
La simple sospecha de que el populismo puede triunfar en un país, despierta el temor de los inversores y, en general, de todos aquellos que tienen algún dinero ahorrado. Si la sospecha prospera, este dinero emigra en busca de climas más favorables. Al final, cargan con el peso de la tal política social los contribuyentes de medio pelo (clases medias) que comprueban cómo disminuye su capacidad adquisitiva a medida que aumentan las ayudas en favor de los más necesitados. Así, bajarán escalones mientras los pudientes se marchan, a veces con lo puesto, y los que ya nada tienen que perder, se quedan porque no hay otro remedio; las clases medias asumirán una pobreza contra la que ya lucharon -pese a los políticos- durante siglos. ¡Vuelta a empezar!
La igualdad, según los populistas, ha dado en los países donde se puso en práctica con la iniciativa privada y las clases medias se empobrecieron sin remedio. Se estableció esa igualdad, desde luego, convertida en pobreza generalizada. Todos iguales, excepto los políticos populistas, que cerraron filas para seguir prometiendo una justicia social idealizada, esperanzadora, que se convirte en la gran promesa, pero de ahí no sale.
Ese es el panorama de los países que viven castigados por un populismo rampante, del que tenemos vivas muestras para el que quiera quitarse las anteojeras.
Los populistas españoles han moderado su discurso, pero sólo el discurso. Ahora han dado el primer paso antes de abrir las Cortes: prometen un avance social antes de tiempo. Es decir, muy a tiempo.
No niego que las injusticias sociales han de ser corregidas y que los partidos tradicionales han vivido, aún están adormilados, y no acaban de emprender esta tarea. Pero quienes han puesto sus esperanzas en promesas gratuitas, harían bien en sopesar la oferta. Nadie dio duros a cuatro pesetas.
A mi entender alguien está preparándose para ganar unas nuevas elecciones.
La simple sospecha de que el populismo puede triunfar en un país, despierta el temor de los inversores y, en general, de todos aquellos que tienen algún dinero ahorrado. Si la sospecha prospera, este dinero emigra en busca de climas más favorables. Al final, cargan con el peso de la tal política social los contribuyentes de medio pelo (clases medias) que comprueban cómo disminuye su capacidad adquisitiva a medida que aumentan las ayudas en favor de los más necesitados. Así, bajarán escalones mientras los pudientes se marchan, a veces con lo puesto, y los que ya nada tienen que perder, se quedan porque no hay otro remedio; las clases medias asumirán una pobreza contra la que ya lucharon -pese a los políticos- durante siglos. ¡Vuelta a empezar!
La igualdad, según los populistas, ha dado en los países donde se puso en práctica con la iniciativa privada y las clases medias se empobrecieron sin remedio. Se estableció esa igualdad, desde luego, convertida en pobreza generalizada. Todos iguales, excepto los políticos populistas, que cerraron filas para seguir prometiendo una justicia social idealizada, esperanzadora, que se convirte en la gran promesa, pero de ahí no sale.
Ese es el panorama de los países que viven castigados por un populismo rampante, del que tenemos vivas muestras para el que quiera quitarse las anteojeras.
Los populistas españoles han moderado su discurso, pero sólo el discurso. Ahora han dado el primer paso antes de abrir las Cortes: prometen un avance social antes de tiempo. Es decir, muy a tiempo.
No niego que las injusticias sociales han de ser corregidas y que los partidos tradicionales han vivido, aún están adormilados, y no acaban de emprender esta tarea. Pero quienes han puesto sus esperanzas en promesas gratuitas, harían bien en sopesar la oferta. Nadie dio duros a cuatro pesetas.
A mi entender alguien está preparándose para ganar unas nuevas elecciones.
jueves, 24 de diciembre de 2015
LE FALTAN DOS HERVORES
Desde la serenidad, sin pasión, con ánimo constructivo, hay que reconocer que Pedro Sánchez no es un líder digno del PSOE. Empezó haciendo trampas y juegos malabares con los artilugios más simplistas, y terminará por tener enemigos entre los políticos de su cuerda.
Simplista fué la descalificación que hizo en Madrid de un candidato que no le gustaba, pese a ser elegido en unas primarias a las que tanto alabó por ser un claro signo de pureza democrática. En ese mismo momento, me dije: "¡Ostras con Pedrín! Es como para no fiarse del padre de uno".
He soportado sus discursos, (los del Sr.Sánchez) sus frases, su mímica, su pobreza idiomática, sus vulgares pensamientos, sus sonrisas de libro y suficiencia del corto. Llegué a esa conclusión: al PSOE le van a dar un palo en las próximas elecciones y su jerife mayor, el meritado Sr. Sánchez, va a tener la caradura de sentirse ganador.
Recuerdo los discursos de Indalecio Prieto -nada que ver con los del aludido líder - donde se comprueba cómo deslizaba ideas para meditar, desde una prosa didáctica, convincente, objetiva, hasta sugerir con sencillez que la razón estaba de su parte, y de que, en virtud de ese mérito, Prieto se hacía digno de la confianza y del voto de sus oyentes. Fue el primero en no caer en las trampas democráticas -consigna staliniana durante la guerra civil- que los comunistas trajeron junto con su armamento y consejeros bélicos, para hacerse con el poder republicano (algo que no tiene en cuenta la tan llevada y traída "memoria histórica" de nuestros amores).
Miren por donde la historia ofrece situaciones si no idénticas, coincidentes en algunas líneas. No estamos en guerra. Es la hora de la diplomacia. Las ambiciones hay que dotarlas de un ropaje respetuoso, porque de lo contrario se cierra el paso a soluciones convenientes para la mayoría. Ya en la escenificación del primer saludo, se adivinaba la mala uva del visitante Sánchez, al llegar al ámbito monclovita.
¡El protagonista no daba más de sí! Le faltan dos hervores.
Simplista fué la descalificación que hizo en Madrid de un candidato que no le gustaba, pese a ser elegido en unas primarias a las que tanto alabó por ser un claro signo de pureza democrática. En ese mismo momento, me dije: "¡Ostras con Pedrín! Es como para no fiarse del padre de uno".
He soportado sus discursos, (los del Sr.Sánchez) sus frases, su mímica, su pobreza idiomática, sus vulgares pensamientos, sus sonrisas de libro y suficiencia del corto. Llegué a esa conclusión: al PSOE le van a dar un palo en las próximas elecciones y su jerife mayor, el meritado Sr. Sánchez, va a tener la caradura de sentirse ganador.
Recuerdo los discursos de Indalecio Prieto -nada que ver con los del aludido líder - donde se comprueba cómo deslizaba ideas para meditar, desde una prosa didáctica, convincente, objetiva, hasta sugerir con sencillez que la razón estaba de su parte, y de que, en virtud de ese mérito, Prieto se hacía digno de la confianza y del voto de sus oyentes. Fue el primero en no caer en las trampas democráticas -consigna staliniana durante la guerra civil- que los comunistas trajeron junto con su armamento y consejeros bélicos, para hacerse con el poder republicano (algo que no tiene en cuenta la tan llevada y traída "memoria histórica" de nuestros amores).
Miren por donde la historia ofrece situaciones si no idénticas, coincidentes en algunas líneas. No estamos en guerra. Es la hora de la diplomacia. Las ambiciones hay que dotarlas de un ropaje respetuoso, porque de lo contrario se cierra el paso a soluciones convenientes para la mayoría. Ya en la escenificación del primer saludo, se adivinaba la mala uva del visitante Sánchez, al llegar al ámbito monclovita.
¡El protagonista no daba más de sí! Le faltan dos hervores.
miércoles, 23 de diciembre de 2015
ELEGIR BIEN LAS METAS
A propósito del futuro de una enseñanza en conexión con los avances informáticos, dice el prestigioso profesor y filósofo José Antonio Marina que hay que "distinguir entre inteligencia y talento: el talento es el buen uso de la inteligencia". El talento "se caracteriza por la capacidad de elegir bien las metas, e intentar alcanzarlas".
Siguiendo la trayectoria marcada por el filósofo Marina, han de elegirse bien las metas. Si nos colocamos ante la situación creada, por el resultado electoral del 20-D, al líder ganador de las elecciones, Mariano Rajoy, reconoceremos que, con la mayoría minoritaria que le apoya, se encuentra ante una misión imposible.
El partido con el que el PP más coincide en puntos ideológicos, es Ciudadanos que ha manifestado un cierto grado de buena voluntad pero lo único que promete es su abstención cuando se vote la investidura de quien osare formar gobierno desde el centro derecha. Todos los demás partidos hablan pestes del PP y se supone que si éste no pudiera o no quisiera formar gobierno, el PSOE asumiría esta tarea aunque tuviera que asociarse con "Podemos".
En razón a estas premisas hemos de pensar que, para lo bueno y para lo malo estamos en la Unión Europea y, en consecuencia, los políticos españoles se verán forzados a elegir entre dos modelos: el "indisciplinado", a la griega, que lo dirigiría "Podemos", y el "reglado" a la alemana simplemente orientado desde el "PP". Entre orientar y dirigir hay su distancia: el que orienta es capaz de aliarse; el que dirige aspira a ejercer el mando. Es la diferencia que yo veo entre un PP que admite adversarios con los que pactar y "Podemos" que aunque aparente lo contrario -según el modelo venezolano- es irreversible: manda y exige; se impone aunque aparente lo contrario (preguntar a IU).
Estas son las metas: solución a la griega con toques bolivarianos o la combinación de apoyo mutuo ala alemana -por duro que resulte- entre socialistas y liberales para ensayar una social democracia que no niegue ni el pan ni la sal a unas dosis necesarias de capitalismo.
Pero ¿qué podemos pensar del socialista Sr. Sánchez si carece de la generosidad de un estadista?En el PSOE hay grandes políticos que están mordiéndose las uñas ante las circunstancias que atenazan a sus dirigentes.
En fin: el talento consiste en tener capacidad para elegir bien las metas y en poder alcanzarlas. Donde no hay capacidad todo es inútil.
Siguiendo la trayectoria marcada por el filósofo Marina, han de elegirse bien las metas. Si nos colocamos ante la situación creada, por el resultado electoral del 20-D, al líder ganador de las elecciones, Mariano Rajoy, reconoceremos que, con la mayoría minoritaria que le apoya, se encuentra ante una misión imposible.
El partido con el que el PP más coincide en puntos ideológicos, es Ciudadanos que ha manifestado un cierto grado de buena voluntad pero lo único que promete es su abstención cuando se vote la investidura de quien osare formar gobierno desde el centro derecha. Todos los demás partidos hablan pestes del PP y se supone que si éste no pudiera o no quisiera formar gobierno, el PSOE asumiría esta tarea aunque tuviera que asociarse con "Podemos".
En razón a estas premisas hemos de pensar que, para lo bueno y para lo malo estamos en la Unión Europea y, en consecuencia, los políticos españoles se verán forzados a elegir entre dos modelos: el "indisciplinado", a la griega, que lo dirigiría "Podemos", y el "reglado" a la alemana simplemente orientado desde el "PP". Entre orientar y dirigir hay su distancia: el que orienta es capaz de aliarse; el que dirige aspira a ejercer el mando. Es la diferencia que yo veo entre un PP que admite adversarios con los que pactar y "Podemos" que aunque aparente lo contrario -según el modelo venezolano- es irreversible: manda y exige; se impone aunque aparente lo contrario (preguntar a IU).
Estas son las metas: solución a la griega con toques bolivarianos o la combinación de apoyo mutuo ala alemana -por duro que resulte- entre socialistas y liberales para ensayar una social democracia que no niegue ni el pan ni la sal a unas dosis necesarias de capitalismo.
Pero ¿qué podemos pensar del socialista Sr. Sánchez si carece de la generosidad de un estadista?En el PSOE hay grandes políticos que están mordiéndose las uñas ante las circunstancias que atenazan a sus dirigentes.
En fin: el talento consiste en tener capacidad para elegir bien las metas y en poder alcanzarlas. Donde no hay capacidad todo es inútil.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)