Cuando en Europa se inicia el movimiento reformista, el protestantismo para ser más claros, que supone una convulsión de honestidad para muchos países, España se coloca decididamente enfrente y capitanea la contra reforma.
Cuando en Europa la Ilustración pretende acabar con los privilegios de ciertas castas, España reacciona a la contra y todo el siglo XIX y parte del XX se convierten en una amarga lucha para alcanzar unas metas que por la fuerza de la razón terminarían por imponerse.
Cuando en Europa, después de una guerra descomunal cuya causa hay que buscarla en los excesos nacionalistas, las naciones más fuertes se muestran arrepentidas de pasados errores y dispuestas a cambiar de rumbo y hasta consiguen avanzar en la construcción de una Unión Europea, España, siempre a la contra, se debate y lucha con fervor religioso, por dividirse en varias naciones para que los españoles (incluidos vascos y catalanes) sigan no significando nada como durante los últimos cinco siglos.
¡Así nos va!
miércoles, 30 de abril de 2014
martes, 29 de abril de 2014
POLITICOS DE PACOTILLA.
Pacotilla es una palabra recogida en el Diccionario de la RAE que tiene varias acepciones. Voy a utilizar la que alude a la inferior calidad de algo o de alguien. En Chile, Guatemala y Honduras, la pacotilla es la chusma. No voy tan lejos.
El político de pacotilla es el que por activa o por pasiva -instalado o no en el poder- interviene en el gobierno de un país sin haber hecho méritos para ello, por carecer de las facultades mínimas necesarias y de la consiguiente experiencia para el noble ejercicio de esta actividad.
Convendrán conmigo, y a los resultados me remito, que en España, el número de los que viven del ejercicio de la política a costa del erario público, es inconmensurable (o sea que por su gran magnitud no pueden medirse o contar) y que ahí está la pacotilla.
El político, para ser útil a la sociedad, ha de demostrar -antes de nada- que por su propio esfuerzo ha resuelto su vida al margen de la política y que, por tanto, no necesita de los cargos oficiales que pudiere desempeñar, para defenderse con cierta holgura si lo cesaran o quisiera dimitir.
Estas esta la cuestión: la base de toda corrupción en el sector de la política - cualquiera que sea la ideología de un partido - hunde sus raíces en el número de políticos de pacotilla que figuran en las listas de las que salen los cargos de responsabilidad remunerados. Esta pacotilla -aun cuando esté bien pagada- se siente insatisfecha y a partir de este hecho, cuanto sucede en España tiene su lógica. En virtud de un viejo lema según el cual la ocasión la pintan calva, estos políticos de pacotilla se dan a la rapiña. Y como aquí nadie devuelve lo birlado, si se les pilla con el carrito de los helados, con unos años de cárcel -pocos, normalmente- cumplen y pronto están en la calle. Y ¡a vivir que son dos días!.
Los Gobiernos nunca inician los recortes por su gente, aun cuando les conste que son unos inútiles. ¡Y así nos va!
El político de pacotilla es el que por activa o por pasiva -instalado o no en el poder- interviene en el gobierno de un país sin haber hecho méritos para ello, por carecer de las facultades mínimas necesarias y de la consiguiente experiencia para el noble ejercicio de esta actividad.
Convendrán conmigo, y a los resultados me remito, que en España, el número de los que viven del ejercicio de la política a costa del erario público, es inconmensurable (o sea que por su gran magnitud no pueden medirse o contar) y que ahí está la pacotilla.
El político, para ser útil a la sociedad, ha de demostrar -antes de nada- que por su propio esfuerzo ha resuelto su vida al margen de la política y que, por tanto, no necesita de los cargos oficiales que pudiere desempeñar, para defenderse con cierta holgura si lo cesaran o quisiera dimitir.
Estas esta la cuestión: la base de toda corrupción en el sector de la política - cualquiera que sea la ideología de un partido - hunde sus raíces en el número de políticos de pacotilla que figuran en las listas de las que salen los cargos de responsabilidad remunerados. Esta pacotilla -aun cuando esté bien pagada- se siente insatisfecha y a partir de este hecho, cuanto sucede en España tiene su lógica. En virtud de un viejo lema según el cual la ocasión la pintan calva, estos políticos de pacotilla se dan a la rapiña. Y como aquí nadie devuelve lo birlado, si se les pilla con el carrito de los helados, con unos años de cárcel -pocos, normalmente- cumplen y pronto están en la calle. Y ¡a vivir que son dos días!.
Los Gobiernos nunca inician los recortes por su gente, aun cuando les conste que son unos inútiles. ¡Y así nos va!
lunes, 28 de abril de 2014
NOS ENGAÑAN COMO A PARDILLOS.
La primera vez que visitaba el área de Gibraltar estaba cerrado el paso a la Roca; era bajo el régimen franquista que tuvo roces con el Reino Unido.
Fue con ocasión de un viaje vacacional: iba yo con la familia, mi mujer y cuatro niños, y decidimos subir con el coche a San Roque. Aparqué ante una iglesia, que estaba bajo la advocación de Santa María Coronada, si mal no recuerdo. Al estacionar el coche un niño -de unos nueve o diez años- se ofreció con desparpajo: "¿Se lo cuido?". Y le dije: "Bien; te encargo que nadie lo toque". Al ir a recoger el coche, el niño vigilante, rindió cuentas: "Ahí lo tiene, nadie lo ha tocado". Le respondí: "Muchas gracias, chaval. Toma" y le di un duro de la época. Para mi sorpresa una mujer, de unos cuarenta años, salió de un portal, se dirigió al niño y le quitó la moneda. Parecía ser su madre. Me sorprendió, pero entendí que era un caso de necesidad. A la madre le urgía aquel duro.
Este hecho me llevó a pensar: ¿Qué pasa en el campo de Gibraltar? Hay riqueza: ahí esta Sotogrande. Hay industria: empresas petroleras y bajo este paraguas otras auxiliares;. Hay turismo: lo visitan a miles, gentes de distintas nacionalidades... Y al final resulta que -pese a todo- tenemos familias que viven con apuros y sin un duro... ¡No lo entiendo!
Y siendo ya muy mayor, después de otras visitas y algunas lecturas, llegué a esta conclusión: Gibraltar es el paraíso de la codicia y la codicia nunca fue generosa. "¿Quién busca refugio en ese paraíso?" "Gentes adineradas de toda condición que escapan a la vigilancia de las haciendas púbicas respectivas". "¿También españoles?" "También, y muy poderosos." "¿Y no lo saben los gobiernos?" "Lo saben pero lo disimulan y nos cuentan la historia de tres eran tres las hijas de Elena". "¿Y no hacen nada para acabar con este abuso"- "Hacen como que hacen, para vestir el muñeco". "Cómo puede ser". "¿Cómo? Siendo. No lo olvide. Hay millones en juego".
Y mientras, nos montan la marimorena a cuenta de unos pobres pescadores perseguidos por la armada británica y nos inducen a rasgarnos las vestiduras patrióticas cómo si las cosas se hicieran bien. Si así fuera, ni siquiera tendrían necesidad los pescadores de buscarse la vida entre peñascos artificiales.
Nos engañan como a pardillos. Eso está claro.
Fue con ocasión de un viaje vacacional: iba yo con la familia, mi mujer y cuatro niños, y decidimos subir con el coche a San Roque. Aparqué ante una iglesia, que estaba bajo la advocación de Santa María Coronada, si mal no recuerdo. Al estacionar el coche un niño -de unos nueve o diez años- se ofreció con desparpajo: "¿Se lo cuido?". Y le dije: "Bien; te encargo que nadie lo toque". Al ir a recoger el coche, el niño vigilante, rindió cuentas: "Ahí lo tiene, nadie lo ha tocado". Le respondí: "Muchas gracias, chaval. Toma" y le di un duro de la época. Para mi sorpresa una mujer, de unos cuarenta años, salió de un portal, se dirigió al niño y le quitó la moneda. Parecía ser su madre. Me sorprendió, pero entendí que era un caso de necesidad. A la madre le urgía aquel duro.
Este hecho me llevó a pensar: ¿Qué pasa en el campo de Gibraltar? Hay riqueza: ahí esta Sotogrande. Hay industria: empresas petroleras y bajo este paraguas otras auxiliares;. Hay turismo: lo visitan a miles, gentes de distintas nacionalidades... Y al final resulta que -pese a todo- tenemos familias que viven con apuros y sin un duro... ¡No lo entiendo!
Y siendo ya muy mayor, después de otras visitas y algunas lecturas, llegué a esta conclusión: Gibraltar es el paraíso de la codicia y la codicia nunca fue generosa. "¿Quién busca refugio en ese paraíso?" "Gentes adineradas de toda condición que escapan a la vigilancia de las haciendas púbicas respectivas". "¿También españoles?" "También, y muy poderosos." "¿Y no lo saben los gobiernos?" "Lo saben pero lo disimulan y nos cuentan la historia de tres eran tres las hijas de Elena". "¿Y no hacen nada para acabar con este abuso"- "Hacen como que hacen, para vestir el muñeco". "Cómo puede ser". "¿Cómo? Siendo. No lo olvide. Hay millones en juego".
Y mientras, nos montan la marimorena a cuenta de unos pobres pescadores perseguidos por la armada británica y nos inducen a rasgarnos las vestiduras patrióticas cómo si las cosas se hicieran bien. Si así fuera, ni siquiera tendrían necesidad los pescadores de buscarse la vida entre peñascos artificiales.
Nos engañan como a pardillos. Eso está claro.
domingo, 27 de abril de 2014
LA MALA POLÍTICA ARRASA
Recuerdo que por los años sesenta del pasado siglo, (primeros del desarrollo promovido bajo la batuta de los prohombres del Opus, con gran dolor de otros mimados del régimen, ya que se anunciaba el fin de la autarquía en la que estaban instalados sin remordimientos de conciencia los franco adictos de siempre) regresó del exilio un economista de talento y talante liberal, Jesús Prados Arrarte, que pronunció algunas conferencias sobre los cambios que se iban a producir con motivo de la apertura económica.
Uno de estos cambios era la deslocalización de empresas. Y razonó de esta manera: aquellos productos cuyo valor añadido proceda de la utilización de mucha mano de obra, no podrán mantenerse allí donde los salarios sean (vamos a llamarlos así) dignos. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que pasarán a ejecutarse en países donde esos salarios sean mínimos. El costo final del producto, manda en un mundo donde las comunicaciones son rápidas y seguras.
Prados Arrarte estaba hablando de un fenómeno que se ha radicalizado y hecho realidad en todos los países medianamente globalizados.
España -gracias a una negligencia imputable a los gobiernos y a los gobernados -más a los primeros, menos a los segundos, incluidos los sindicatos- no preparó a sus trabajadores para esta contingencia. Y ¿qué sentido tiene conservar espárragos en España si en Perú o en China los preparan por la sexta parte de este costo? Si un empresario quiere mantener su clientela, no puede ignorar esta realidad. Y todo el sector del espárrago que daba ocupación a mucha gente, se ha reducido a una mínima expresión. Los empresarios producen y manipulan el producto en China o en Perú. Lo trasportan y lo venden en España.
No hay, llegado este caso, Gobierno que arregle la situación. La solución está en fabricar productos de tecnología avanzada, poca mano de obra y mucho valor añadido. Ya no interesa fabricar pilas eléctricas, ni siquiera lavadoras. Hay que fabricar algo así como satélites solares capaces de captar en la atmosfera el calor del sol y mandarlo en ondas al planeta Tierra, para que los humanos puedan transformarlas en energía, que es un bien escaso y por ende caro.
Es decir, que hay que estudiar, meter horas encima de libros y de laboratorios de investigación y pensar, discurrir, idear...Y esto lleva tiempo, sacrificio y dinero.
Lo digo con ánimo de que lo lean los amantes de la justicia social, como esa monjita de la TV que los tiene bien puestos pero poco más y que a mí me lleva al desespero. ¿Quién está dispuesto a sacrificarse y a vivir bajo mínimos para reflotar el bienestar social? Muy pocos. Es mejor el botellón fin de semana y gozar a pierna suelta.
Porque bien mirado, como también se lo habrán enseñado a la monjita, ¿De qué te sirve ganar todo el mundo si pierdes tu alma?
Uno de estos cambios era la deslocalización de empresas. Y razonó de esta manera: aquellos productos cuyo valor añadido proceda de la utilización de mucha mano de obra, no podrán mantenerse allí donde los salarios sean (vamos a llamarlos así) dignos. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que pasarán a ejecutarse en países donde esos salarios sean mínimos. El costo final del producto, manda en un mundo donde las comunicaciones son rápidas y seguras.
Prados Arrarte estaba hablando de un fenómeno que se ha radicalizado y hecho realidad en todos los países medianamente globalizados.
España -gracias a una negligencia imputable a los gobiernos y a los gobernados -más a los primeros, menos a los segundos, incluidos los sindicatos- no preparó a sus trabajadores para esta contingencia. Y ¿qué sentido tiene conservar espárragos en España si en Perú o en China los preparan por la sexta parte de este costo? Si un empresario quiere mantener su clientela, no puede ignorar esta realidad. Y todo el sector del espárrago que daba ocupación a mucha gente, se ha reducido a una mínima expresión. Los empresarios producen y manipulan el producto en China o en Perú. Lo trasportan y lo venden en España.
No hay, llegado este caso, Gobierno que arregle la situación. La solución está en fabricar productos de tecnología avanzada, poca mano de obra y mucho valor añadido. Ya no interesa fabricar pilas eléctricas, ni siquiera lavadoras. Hay que fabricar algo así como satélites solares capaces de captar en la atmosfera el calor del sol y mandarlo en ondas al planeta Tierra, para que los humanos puedan transformarlas en energía, que es un bien escaso y por ende caro.
Es decir, que hay que estudiar, meter horas encima de libros y de laboratorios de investigación y pensar, discurrir, idear...Y esto lleva tiempo, sacrificio y dinero.
Lo digo con ánimo de que lo lean los amantes de la justicia social, como esa monjita de la TV que los tiene bien puestos pero poco más y que a mí me lleva al desespero. ¿Quién está dispuesto a sacrificarse y a vivir bajo mínimos para reflotar el bienestar social? Muy pocos. Es mejor el botellón fin de semana y gozar a pierna suelta.
Porque bien mirado, como también se lo habrán enseñado a la monjita, ¿De qué te sirve ganar todo el mundo si pierdes tu alma?
sábado, 26 de abril de 2014
TANTA IGUALDAD NOS HACE DESIGUALES.
Todos los días, en cualquier medio noticiable, se rompe una lanza por la igualdad. La igualdad es un mito ya que la naturaleza nos ha hecho desiguales y por más que se predique, un vejete de noventa años, nunca podrá hacer los cien metros con la diligencia de un atleta de veinte primaveras. Es una desigualdad, pero no una injusticia.
Solo algunas doctrinas recogen principios de igualdad más o menos lógicas. Los cristianos sostienen y creen que todos somos iguales ante Dios y, en consecuencia, todos rendiremos cuentas de nuestros actos en el juicio final que sucederá a nuestra muerte. Pero en esa tierra las diferencias abismales existentes entre cristianos, no las
remedia ni la monjita argentina, esa que predica por emisoras de izquierdas.
La filosofía liberal que cultivaron los Ilustrados, sostuvo que todos somos iguales ante la ley, principio adoptado en los regímenes democráticos; pero como ha demostrado el juez don Elpidio Silva, el que sabe de leyes puede conseguir cosas que están vedadas al ignorante. Luego la igualdad es relativa. Siempre hay indultos para gente con padrinos.
Los socialistas españoles están orgullosos de la igualdad establecida para cubrir vacantes políticas entre hombres y mujeres. Algo se ha hecho, pero es una igualdad relativa, y pese a todo, se ha de reconocer que -en el ejercicio del poder- siempre hubo mujeres que se ganaron el derecho al mando y que lo hicieron mejor que sus coetáneos varones.
Pero donde cunde de verdad la desigualdad es el seno de muchas familias donde sus miembros se consideran y presumen de igualitarios. Sigue influyendo el síndrome de la sopa de ajo. La madre, sonriente ante sus vástagos que miraban atentos al único huevo estrellado en el caldo alimenticio, decía: "¡Hijos! Cuando seáis padres, comeréis huevo".
Y el mundo siguió rotando inmerso en brutales desigualdades.
viernes, 25 de abril de 2014
UN FUTURO POSIBLE Y DESEABLE.
Hace unos días, al hablar de esta nuestra política española tan calamitosa, tan injusta, tan endeble, no hice crítica a nuestros políticos que, a fuerza de fijar su atención en la farragosa vida diaria, ven los árboles pero no alcanzan a comprender en su mirar a todo el bosque.
Copiando a un clásico dije que la política es el arte de lo posible siempre que sea lo deseable. Y cualquiera que esté atento a la realidad española concluirá por admitir que se han hecho reformas, pero éstas no conducen a la creación de una sociedad deseable. Tenemos demasiadas familias españolas al borde de la miseria, con pocas o nulas esperanzas de que esto se arregle. Parece que la globalización nos lleva a que los Gobiernos terminen por ser esclavos de los mercados, y éstos funcionan en pro de los intereses de las multinacionales, aunque perjudiquen a millones de personas en el mundo entero.
Ya que hemos de competir en un mundo globalizado, perder el tiempo en discusiones
marginales a esta nueva generación de pobreza, es el suicidio de un país, en el que no podemos caer estúpidamente.
Mantener las altas tasas de protección social y garantizar a la ciudadanía un nivel de vida digno y, al mismo tiempo, asegurar una distribución de la riqueza menos desigual, es un proyecto al que no debe renunciar ningún partido político de los que aspiran a representarnos en la Unión Europea.
Pero me temo que ni en esto estarán de acuerdo los postulantes.
Copiando a un clásico dije que la política es el arte de lo posible siempre que sea lo deseable. Y cualquiera que esté atento a la realidad española concluirá por admitir que se han hecho reformas, pero éstas no conducen a la creación de una sociedad deseable. Tenemos demasiadas familias españolas al borde de la miseria, con pocas o nulas esperanzas de que esto se arregle. Parece que la globalización nos lleva a que los Gobiernos terminen por ser esclavos de los mercados, y éstos funcionan en pro de los intereses de las multinacionales, aunque perjudiquen a millones de personas en el mundo entero.
Ya que hemos de competir en un mundo globalizado, perder el tiempo en discusiones
marginales a esta nueva generación de pobreza, es el suicidio de un país, en el que no podemos caer estúpidamente.
Mantener las altas tasas de protección social y garantizar a la ciudadanía un nivel de vida digno y, al mismo tiempo, asegurar una distribución de la riqueza menos desigual, es un proyecto al que no debe renunciar ningún partido político de los que aspiran a representarnos en la Unión Europea.
Pero me temo que ni en esto estarán de acuerdo los postulantes.
jueves, 24 de abril de 2014
JUSTICIA, EL ULTIMO RECURSO.
Si no hacemos de la Justicia (con mayúscula, es decir de todas las instituciones judiciales) el último recurso y se le dan los medios para que actúe con diligencia, estamos perdidos.
En España, mientras no se demuestre lo contrario, son muchos -demasiados- los que tratan de mediatizar a la Justicia. Algunos intentan influir desde los puestos del Poder ejecutivo, otros desde el mundo de las finanzas, también desde ciertas corrientes de opinión y hasta valiéndose de las tribunas mas sectarias; y algún particular, con triquiñuelas.
Cuando el desprestigio cae sobre una institución, se corre el peligro de que las turbas pidan justicia a gritos y ésta baje a la calle. De esto tuvimos una experiencia amarga en España que aún colea. No nos pongamos de parte de ningún bando. Lo que está mal, está mal y reconocerlo no nos hace más grandes; en cualquier caso un poco mas justos.
Pero tampoco es cosa de correr un tupido velo sobre los excesos que se detectan en nuestra sociedad. Por eso hay que dignificar nuestra Justicia, racionalizar los procesos, darles agilidad y dotar de medios al complejo institucional sobre el que recae este servicio.
Aunque ya se sabe, en España la docencia y justicia dan mucho de qué hablar, pero siempre tropezamos en la misma piedra.
En España, mientras no se demuestre lo contrario, son muchos -demasiados- los que tratan de mediatizar a la Justicia. Algunos intentan influir desde los puestos del Poder ejecutivo, otros desde el mundo de las finanzas, también desde ciertas corrientes de opinión y hasta valiéndose de las tribunas mas sectarias; y algún particular, con triquiñuelas.
Cuando el desprestigio cae sobre una institución, se corre el peligro de que las turbas pidan justicia a gritos y ésta baje a la calle. De esto tuvimos una experiencia amarga en España que aún colea. No nos pongamos de parte de ningún bando. Lo que está mal, está mal y reconocerlo no nos hace más grandes; en cualquier caso un poco mas justos.
Pero tampoco es cosa de correr un tupido velo sobre los excesos que se detectan en nuestra sociedad. Por eso hay que dignificar nuestra Justicia, racionalizar los procesos, darles agilidad y dotar de medios al complejo institucional sobre el que recae este servicio.
Aunque ya se sabe, en España la docencia y justicia dan mucho de qué hablar, pero siempre tropezamos en la misma piedra.
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