domingo, 7 de septiembre de 2014

LAS EMPRESAS EMIGRAN, LOS POLITICOS NO.


 
 
      Las empresas (y las grandes y medianas fortunas personales) huyen de un territorio cuando la fiscalidad sobrepasa ciertos límites.
     Aunque mi opinión vale poca cosa, creo que  esta huida proviene no sólo de una excesiva presión tributaria, sino que coadyuvan  otros factores que también recaen  sobre las  empresas, como la legislación y complicada burocracia que padecemos en España.
     A mi entender el sector público, alimentado por los propulsores del Estado del bienestar, ha asumido una excesiva carga y para atenderla ha tenido que recurrir a un aumento de la presión fiscal porque, como es sabido,  el dinero no es lluvia que llegue del cielo.  Esta presión siempre la soportan los mismos y de paso  los trabajadores.
     En la España, el hambre y las ganas de comer, fomentadas por los errores políticos,
 hacen que la crisis nos haya llevado a un mal crónico de muy difícil solución: el paro. No sirve ya un simple retoque de la presión tributaria para eludirlo.  La medicina ha de ser distinta, profunda y de efectos lentos.
     El Estado y las CC.AA., Ayuntamientos, etc. han de adelgazar y traspasar muchas de sus obligaciones al sector privado para  reducir muy notablemente su presión tributaria y los excesivos  trámites con los que maltratan a toda iniciativa emprendedora.
     Además, hará falta una nueva generación de españoles capaces de idear o ensayar con acierto alguna fórmula que concilie la prosperidad empresarial con el bienestar de los trabajadores, que no es lo mismo que el Estado del bienestar.
    Tal vez haya de ensayarse  un nuevo modelo de empresa:  un sistema de sociedades mercantiles  laborales (que jurídicamente ya existen), propiedad de los trabajadores, bajo un régimen  protector oficial especialísimo.
      Un régimen que les permita acogerse a una sola legislación en toda España, que les otorgue la capacidad de contratar sus seguros sociales en el sector privado  y que además, les reduzca la presión fiscal en proporción equivalente, o poco menos,   a la cantidad que el  Estado dejara de pagar por subvenciones y otras gabelas que desaparecerían al crearse nuevos puestos de trabajo.
    Para casos como éstos hay que contar con  economistas y sociólogos. Pero por delante han de ir los políticos.  Aunque  en España  hay tan pocos políticos buenos y tantos tan mediocres, tal vez por haber surgido de una mediocridad militante que espanta, que sería mejor que se fueran a casa. La verdad sea dicha, no se van; de forma que los remedios al uso consisten en chingar siempre a los mismos; a los más necesitados. 

sábado, 6 de septiembre de 2014

SALARIOS DE MISERIA

       Fui alcanzando la mayoría de edad en Vitoria, una capital de provincia que rondaba los cuarenta mil habitantes antes de la guerra. Estábamos en crisis. El paro era desolador. Las autoridades estaban entre dos fuegos: defenderse de las huelgas salvajes motivadas por reivindicaciones salariales de los pocos que trabajaban, y mantenerse firmes en la prestación de una  justicia social subsidiaria, procurando aliviar el malestar de algunas familias con obras a cargo de presupuestos locales o con  bolsas de socorro, comedores económicos y cosas así. Y Vitoria, por lo que contaban, no estaba entre las peores plazas.
       ¿Cómo se arregló aquello? A mi juicio, no se arregló. Vino la guerra y con ella la movilización forzada de mano de obra costosa  en vidas, pero  asalariada a la fuerza y a bajo precio en ambas zonas en lucha. Y en la posguerra, si Vitoria  ofreció algunas oportunidades fue porque, al cerrarse las fronteras a toda importación, se creó la economía del sucedáneo y naturalmente surgieron empresas de poca chicha en las que se pagaba poco y se metían horas a destajo. Fueron los años del gasógeno; y también del hambre para una inmensa mayoría de españoles .
       Naturalmente, se acabó el libre mercado. Todo estaba intervenido; lo mismo en el  sector de la alimentación  que  en cualquier  otro referido a economías  necesitadas de materias primas controladas por decenas de organismos oficiales creados al efecto.
      Si cuento esta vieja historia en nuestros días, es por una doble razón: por la plaga constatable de salarios miserables  y  por la oferta tendente a solucionar el problema promoviendo una reforma social intervencionista. Presten atención a los  programas que se publicarán por algunos de los partidos emergentes y otros de viejo cuño.
      Pero no lo  olviden: a la hora de repartir pobreza, nadie como los intervencionistas, sean de derechas o de la izquierdas. Que haberlos haylos de ambas pintas.
    

viernes, 5 de septiembre de 2014

LAS ELECCIONES PRÓXIMAS.

    ¡Ya suenan los tambores! Anuncian un largo período electoral: se convocarán, a medio plazo, elecciones municipales, autonómicas  y generales.
    Adversario a batir: el PP. En segundo lugar, el PSOE. Partidos ambos muy tocados por la lepra de la corrupción. Objetivo: acabar con las mayorías dominantes -con el bipartidismo-  y dar  más cancha a los partidos minoritarios y  a otros emergentes.
    ¿Pronósticos? ¡Quién  sabe!
    Se da por cierto que el  PP perderá la mayoría absoluta. Puntos débiles  sobre los que se centrarán los ataques: las cifras del paro, los recortes paralizantes de la economía, la injusticia tributaria y la corrupción.
    Se anuncia que el PSOE seguirá arrastrando el desprestigio heredado de Rodríguez Zapatero, que  padecerá, además,    las consecuencias de la corrupción generada bajo  el gobierno socialista en Andalucía.
    Se calcula que el  siguiente partido en importancia es PODEMOS al que los partidos antedichos y otros minoritarios quieren buscarle las cosquillas por sus vinculaciones con los políticos latinoamericanos que prometen mucha y luego dan poca leche.  Hoy por hoy son pura incógnita.
    Los demás partidos sufrirán lo suyo; excepto los soberanistas que aprovecharán el descontento social  para dar credibilidad a  sus promesas sobre lo bien que estarían sus gentes si su pueblo fuera soberano. Los independentistas, es su vocación,  a chingar a la marrana.
    No es un diagnóstico. ¡Dios me libre! Estoy, sencillamente,  recogiendo los síntomas externos de una nación enferma y, al mismo tiempo, de los encargados de sanarla. No tengo medios para hacer análisis de fondo; lo siento.  Pero no hay mas cera que la que arde.




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jueves, 4 de septiembre de 2014

EL SEPARATISMO Y LA VERDAD.


        Toda persona sensible a las apetencias humanas, dotada de olfato para desentrañar el sentido de los movimientos multitudinarios,  sabe que  las gentes cuando alcanzan  cierto bienestar,  organizan su vida  -con los suyos - en viviendas  enclavadas  - y a poder ser  protegidas-  en zonas donde coinciden con vecinos de parecida categoría social.
        Se alejan de los más pobres a los que se les supone -aunque no haya por qué-  connotaciones peyorativas que -según ellos piensan- limitan el bienestar deseado por los de su casta.
        Si las gentes del Condado de Treviño  se sienten  identificadas con Álava (o con Euskadi, según se mire) y no con Burgos, es por la sencilla razón de que los alaveses cuentan con mejores servicios que los burgaleses de su zona. Si fuera al revés, sucedería lo contrario.
        Si la mayoría de quienes residen en el País Vasco peninsular piden ser independientes es porque consideran que la independencia los dotaría de un mejor nivel de vida (idea discutible) del que tienen derecho a gozar en exclusiva.
        Sé que alguien argumentará: los vascos siempre fueron independientes y ahí está la historia que lo demuestra. Esa independencia también es discutible, pero démosla por buena; no nos enfanguemos con argumentos históricos.
       Como enseñaba Sabino de Arana y Goiri los nacionalistas vascos luchaban por una independencia vasca, ganada por los vascos de pura raza, para ellos y para sus herederos en tanto fueran vascos; no para los mestizos que contaminaban esa genuina vasquidad. No se puede llamar nacionalista vasco al que no es étnicamente vasco  - los pura sangre, con ocho apellidos vascos por lo menos -.De no ser así,  para ser exactos, lucharíamos por un nacionalismo hispano-vasco. Y  esto no cuela. Pero la realidad es la que es: si acaso, y tirando por arriba, los vascos puros no llegarán a un diez por ciento de la población actual del País Vasco. Hoy la mayor parte de los nacionalistas vascos independentistas, en el mejor de  los casos son mestizos, cuando no españoles  netos.
       ¿Qué quieren? Sencillamente no ser iguales y no serlo  exige aceptar una doctrina que les otorgue  el derecho de administrar y gozar de un mejor nivel de vida. Por lo menos así los piensan los llamados a dirigir el cotarro, o sea a ejercer el poder en cualquiera de sus grados.
       Tal vez la masa electoral no lo vea así; pero le convendría meditarlo.
    

miércoles, 3 de septiembre de 2014

EL DERECHO AL TRABAJO

        Uno de los problemas que inquietan y desazonan a millones de españoles es la carencia de  un puesto de trabajo  desde el que ganarse dignamente el pan y el cobijo.      
        Las Naciones Unidas  proclamaron la Carta de los Derechos Humanos  como un "ideal común por el que todos los pueblos y naciones deben esforzarse a fin de que los individuos como las instituciones"  promuevan su reconocimiento y aplicación universales.
       El artículo 23, dispone: "Toda persona tiene derecho al trabajo, a la libre elección de su trabajo,  a condiciones equitativas  satisfactorias de su trabajo y a la protección contra el desempleo".
       No es nada: tener trabajo, libremente elegido, en condiciones equitativas y, además protección contra el desempleo.
       Con la mano en el pecho reconozcamos que este ideal es  un deseo difícilmente alcanzable de forma generalizada en la mayoría de pueblos  y naciones.
      No hay malicia cuando se pide la aplicación de los Derechos Humanos, pero tampoco inocencia cuando a las personas destinatarias  del mensaje no se les, advierte, - como hacía el torero  del cuento - : "lo que no puede ser, no puede ser y  además es imposible".
     ¿Y por qué no hay trabajo? Pueden darse muchas respuestas; pero hay una, tripartita,  para meditar: No hay puestos de trabajo porque los inversores mantienen amartillado el dinero, ante la inseguridad jurídica de las democracias en manos de políticos propensos a la vida alegre,  confiada y corrupta; porque esos políticos tratan de  salir del paso dando a los necesitados  un pez, en vez de enseñarles el uso y manejo de una caña para que se lo pesquen:  y porque al fin comulgan con el dicho de que quien venga atrás, que arree.
     Tal vez nos suceda a los españoles porque sobran patriotas  con vocación de vividores.Y claro, no caben tantos  en  un país tan pequeño.




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martes, 2 de septiembre de 2014

A LOS AMIGOS DE LA VERDAD

    Reconozco que no soy quién para dar lecciones a nadie y menos de política. Pero tampoco hay razón para que me calle cuando, como es mi caso, la naturaleza (gracias a Dios) me ha permitido acumular experiencias y otorgado la posibilidad de razonarlas, aunque sólo sea por puro interés comunicativo.
    ¿Cómo veo al sector  social del centro derecha vasco peninsular?
     Es un sector muy evolucionado  respecto al que yo conocí en los años de la transición.  Me quedo, puesto a elegir, con el actual. Pero no podemos confundir la evolución con la indefinición ante los problemas de la sociedad vasca, o por lo menos de aquella parte de tal sociedad que no es nacionalista y se inclina por no votar, o por votar como mal menor al nacionalismo más inocuo.
     A ese sector social -el centro derecha vasco español- debería de atenderlo un partido capaz de identificarse, desde una posición amable y constructiva, con una mayoría de vasco-españoles inmersos en esa cultura.
      Este partido, por congruencia,  no podría ser nacionalista -interesado fundamentalmente en las cultura vasca- porque dejaría de atender con el empeño que se merece la cultura etnográfica española.
      Se ha de reconocer que, en Vasconia, así como  lo pretendidamente vasco está en alza, lo español no. Todo empieza en la escuela que, en el País Vasco,  está en manos nacionalistas. No es tanto la enseñanza que se imparte como el sentimiento que se cultiva.
      Claro está: los partidos de ámbito español, por el camino que actualmente siguen o por el que se dejan conducir, están llamados a desaparecer. Algo que también sucede en Cataluña.

lunes, 1 de septiembre de 2014

DESPUÉS DE LAS VACACIONES

    Vacaciones: una parada para tomar aire, un respiro para seguir por el  camino con  la oscura desbandada que formamos hacia un final irremediable.
    Siendo así, a fuer de avisados,  podríamos estar de acuerdo en lo básico, en lo que a todos importa. Y  de paso, ser más condescendientes.
    El  bípedo  implume, única especie animal  que se vale del don de la palabra, podría expresar sus ideas y sentimientos  para hermanar;  pero  usa este privilegio, el verbo,  para instigar la envidia, la maldad, el descontento...
    España no es un país en crisis; la crisis ya pasó. Ahora padecemos los efectos de esa crisis, como después de una guerra se viven los efectos de esa guerra. En ambos casos  nadie gana. No por igual, pero todos perdemos.  Todos  somos más pobres, salvo contadas excepciones.
    Los  analistas del pasado no aciertan a -o no quieren-  saber  quiénes nos trajeron la crisis y por qué; ni sabremos  quiénes han terminado por beneficiarse de esta situación.
    Ambas cosas piden un examen sereno, desapasionado, frío, justo. Algo que no pueden hacer los falsos políticos; mucho menos cuando se presentan como lo que no son: falsos políticos que actúan como economistas, o sociólogos;  como profesores, periodistas o politólogos;   como curas y hasta  monjas redentores (como la argentinita de la toca).
  El examen ha de hacerlo cada uno  con arreglo a su  leal saber y entender, como si tratara de emprender un negocio, o de poner los medios para sanar a un enfermo, o -bien mirada la cosa- de ganarse el sustento de cada día en beneficio propio y ajeno. Y sobre todo, desconfiando de los que compran votos o  prestan favores con los dineros  públicos, que son de todos.
    Esto,  que no es poco, nos lleva a no tropezar en la misma piedra del mismo camino dos veces, o más.