miércoles, 5 de marzo de 2014

AGUA Y SOL

Pues sí, todo ocurrió mediado el siglo XIX, año arriba o abajo, tanto da, cuando las tierras de Castilla, llamadas de secano, justo daban para comer a quienes las trabajaban. En la Gran Bretaña enviaron sus ejércitos a pelear en la península de Crimea y -no se explica bien por qué- el caso es que no pudieron valerse del trigo que se venía importando a buen precio de las tierras ucranias; según tengo oído -a lo mejor me equivoco- Ucrania era conocida por ser algo así como el granero de Europa. Se sabe que en España, en esos años, llovió a diluviar, más o menos como en los días que corren; los ríos bajaban sobrados de agua y la reseca Castilla vió subir los trigos, en los días soleados que siguieron, como nadie recordaba. Y, gracia divina, al recoger la cosecha estaban al pie de las eras los compradores harineros, que dieron de frente con los importadores británicos, dispuestos a acaparar todo la molienda a precios muy sustanciosos. Se habían juntado, para hacer posible el milagro, tres factores: el agua, el sol y la guerra. Y se propaló la noticia mediante un titular que hizo fortuna: Válganos Dios: agua y sol y guerra en Sebastopol.

martes, 4 de marzo de 2014

4 - VITORIA, SEGUN LA VEO

EL ARBOL DEL AMOR. Cuentan que en el parque de la Florida (Vitoria), que en su fase inicial se limitaba al llamado Redondel y su entorno, fue fusilado un romántico y dicen que enamorado militar: Miguel Montes de Oca. Un bien acabado muro de piedra delimitaba el parque y el huerto de las Clarisas. Ante esta tapia vino a morir Montes de Oca, -episodio recogido en la monumental obra de Benito Pérez Galdós- sublevado en favor de las pretensiones de aquella Cristina de Borbón-Dos Sicilias y Borbón, Reina y Regente, entonces en el exilio, que vino a casar en segundas y secretas nupcias con el hijo de la estanquera de Tarancón. Años más tarde se decidieron los munícipes por la ampliación de la Florida para lo que llegaron a un acuerdo con las Clarisas y se quedaron con los terrenos de su propiedad. Terrenos que,al parecer,(confieso que no he ido al Registro a comprobarlo) ocupaban el espacio existente entre el hoy Parlamento Vasco y el meritado Redondel. Desapareció la tapia y con ella el recuerdo de un hecho histórico que pudo ser un atractivo más del florido parque con pretensiones románticas. Menos mal que cerca de ese punto, en un récodo cargado de pasión, un concejal mandó plantar una conifera exótica y a su sombra hizo crecer un banco capaz para tan solo dos personas. Así nació el árbol del amor que bendijo muchos enlaces de buenos vitorianos, a Dios gracias. Claro está, estas cosas si no se recuerdan se pierden y no deja de ser una pena que bien nos la podemos ahorrar.

HERIDO EN LA MEMORIA

Un buen día, pese a todo, apareció don Serafín en la clase con la camisa a medio abrochar sobrepuesta a la americana. Marta, tan pronto se dio cuenta, avisó al maestro y éste salió del aula para poner su vestimenta en orden, mientras los niños se reían descaradamente no sin cierta crueldad. Marta volvía a insistir en tono familiar, casi como si fuera una madre, o una novia, ante Don Serafín: - En el momento de acostarse debe hacer una lista. Por cada prenda que se quite, hará una anotación. Supongamos que se desprende de la americana; tiene que anotar: “americana, colgada en la percha del armario”. Y si luego se descalza: “zapatos colocados bajo la silla”. Así hasta quedar desnudo, y entonces puede escribir: “Yo, en la cama”. Y al día siguiente, al levantarse, repasar la lista y empezar por el final: ponerse cada prenda por orden inverso, terminando por los zapatos y la americana. Serafín, ya de noche, de regreso a su casa donde vivía solo, tomó el papel que le preparó Marta con el plan antiolvido y, al ir a acostarse, empezó la cuenta, manteniendo el orden a seguir al desnudarse para, al día siguiente, hacer lo mismo pero al revés para vestirse. Se quitó la chaqueta y puso: “americana en la percha del armario”. Le tocó el turno a los zapatos y continuó: “zapatos debajo de la silla”. “Los calcetines, dentro de los zapatos”. “El chaleco en el perchero, encima de la chaqueta”. “La camisa, en el respaldo de la silla”. Y así hasta completar la lista y como quedaba sólo su persona, puso punto final a la tarea: “Yo, en la cama”. Y durmió plácidamente. Al amanecer, era un día de primavera con un sol espléndido asomando entre el pinar, Serafín abrió la ventana y aspiró profundamente el aire fresco y puro con olor de montaña florecida. “¡Una delicia!” –pensó-. Se quiso vestir para dar un paseo antes de abrir la escuela. Según lo convenido, consultó la nota encabezada por una advertencia escrita con mayúsculas por la espigada, amable, cariñosa y bien parecida Marta. Se leía: “Buscar cada prenda empezando por el final y vestirse en orden inverso al seguido para desnudarse”. Al tomar el papel pudo leer el último renglón: “yo en la cama”. Serafín recordó el consejo escrito por Marta: “Seguir al pie de la letra la indicación de esta nota”. Lo tuvo muy presente, pese a su desmemoria, porque Marta era su ángel de la guarda y sus palabras las repetía cien veces para dejarlas como grabadas a cincel en su mente. Así que, el “yo, en la cama” interpretado al pie de la letra, le indujo a buscar su yo. Se fue a su lecho, alzó la sábana y no estaba ni encima ni debajo del colchón. Tiró de las mantas, por si estuviera envuelto en ellas, y tampoco allí apareció. Retiró el mueble, miró en todos los rincones de la habitación, luego en las demás alcobas de la casa, en los desvanes, en los establos ahora en desuso, en una despensa sin luces, y ¡nada! Un sudor frío bañó todo su cuerpo. ¿Qué le diría a Marta, tan solícita como estuvo, al fracasar en su búsqueda? Sólo llegó a esta conclusión: “desnudo como estoy, no puedo ir a la escuela”. Y no fue. Desolado, triste, compungido, se dirigió hacia un rincón, apoyó su espalda contra la pared y se deslizó hasta quedar en cuclillas, tembloroso y con sus ojos hundidos mirando al vacío, desmadejado, ido… Al momento, con la escuela cerrada y sin comparecer el maestro, Marta sospechó que algo grave había pasado. Fue hasta la casa de don Serafín y comprobó que permanecía cerrada, aunque una ventana del primer piso estaba abierta. Sin más, se fue en busca del alcalde concejil y éste, advertido de la gravedad del caso, pidió la ayuda de dos mozos que pasaban por allí. Con una escalera de mano subió uno de ellos, entró en la casa por la ventana abierta y, sin detenerse, descendió al piso bajo para abrir la puerta desde dentro. Entraron los cuatro, el alcalde, sus dos espontáneos ayudantes y Marta, de cuya presencia no se dieron cuenta los primeros. Pronto descubrieron al maestro desnudo, acurrucado en un rincón, temblando de frío, aunque sudoroso, con disgusto manifiesto por no encontrar su yo. - ¿Qué le pasa, don Serafín? –lo interpeló el Alcalde. - No me encuentro –contestó el maestro con voz casi inaudible. - ¿No se encuentra bien? - No; no es eso. No me encuentro. - Insisto: ¿no se encuentra bien? - No es eso; no es eso. El alcalde se volvió a sus acompañantes, imperativo. - Hay que buscar al médico. Solo Marta, humedecida en lágrimas, tomó una manta, tapó a don Serafín, lo ayudó a levantarse y lo acostó en la cama con amor. Bastaron unas palabras de la niña mujer para serenar al maestro. Marta lo tuteó como si fuera de casa: “Ya estás aquí, ya tenemos tu “yo, en la cama”. Lo he visto. Nos hemos encontrado”. Don Serafín sonrió placentero y su alma volvió a entrar en un clima cálido y sereno. (Del libro, "Al aire libre" -Cuentos alaveses- de Pedro Morales Moya. Email: tumecillo@gmail.com)

lunes, 3 de marzo de 2014

3 .- VITORIA, SEGÚN LA VEO

LA BARRACA. Soy de la generación que descubrió a los diez años -más o menos- los encantos del cine sonoro. El cine mudo quedó desplazado, pese a que tuvo sus defensores por razones estéticas. El sonoro encareció el precio del cine pero un avispado empresario vitoriano -Alberdi, de los que ya entonces participaban en los negocios de la Renault en el País Vasco- abarató las tarifas sustituyendo las butacas por bancos corridos y proyectando películas de corte popular y de reestreno con subtítulos: aquellas llegadas del Oeste americano, protagonizadas por Jon Jones y por su hermano Paco Jones, pura ficción, ideada por la chavalería amiga de hacer picar al más pintado. Esta sala, de cine, versión barata del Ideal Cinema, era conocida por el sobrenombre de La Barraca y para que las sesiones fueran mas jugosas te dejaban pasar con un bocadillo de anchoas, harto pringoso, comercializado a real la pieza en un tenderucho abierto en la misma acera del cine, en la calle Florida, a unos pasos del pasadizo que llevaba a la sala de proyecciones: pasabas la tarde por dos reales, merienda incluìda, en un decir amén, no se sabe si a causa del bocadillo, o por las gracias del Paco Jones de marras. El caso que el local se llenaba por encima de las cartolas todos los fines de semana y fiestas de guardar. Esta Barraca que tuvo siempre, y a mucha honra, un emboque del escenario de carácter provisional, -según rezaba un aviso colocado al efecto- desapareció cuando sobre su solar fué edificado el Teatro Florida en los años del hambre. Un cine que seguía teniendo las pulgas con el ADN heredado de las que moraron en la vieja Barraca. Pulgas de casta, os lo juro.Pedro Morales Moya.

LA NOTICIA DE UNAS MUERTES.

Nos ha tocado vivir en tiempos de urgencia. Esto obliga a que las noticias se sirvan en caliente, en muchas ocasiones a los pocos minutos de haberse producido. Lo normal sería que los noticieros se limitaran a facilitar datos e imágenes de la noticia, -cuantos más elementos de juicio mejor- al objeto de facilitar a la persona receptora de la información un cabal concepto de lo suceddido. Y sin embargo sucede cientos de veces que la noticia llega elaborada -con el juicio de valor incluido- de forma que al informado no le haga falta siquiera sacar conclusiones. Este es el caso: estaba oyendo la noticia y viendo el escenario por TV. cuando el periodista mal informaba, pero se atrevía a juzgar lo sucedido: "¡Un escandalazo! Quince inmigrantes muertos en Ceuta al intentar pasar por mar la línea fronteriza". Todos los fallecidos en aguas marroquíes perecieron ahogados y la responsabilidad de esas muertes, según las noticias elaboradas para desprestigiar la actuación de las autoridaes españolas, recayeron sobre la Guardia Civil y sus mandos. El caso es que muchos españoles estamos por conocer la verdad de lo que allì sucedió y cómo pasó. Pues no. Los mismos que calificaron los hechos de escandalazo, no se han molestado en aclarar el asunto. Lo único que nos queda es saber es por qué Ceuta y Melilla, después de estos hechos,se han convetido en un coladero para la immigración pujante en el sur de Europa.

domingo, 2 de marzo de 2014

2 - VITORIA, SEGUN LA VEO

EL BARQUILLERO MARCOS. Casi con seguridad no veo a la ciudad como era realmente. No puedo olvidar escenarios y representaciones que condicionaban la interpretación que yo podía hacer de aquel Vitoria que conocí siendo niño. Para mí sería todo muy distinto si no hubiera conocido a Marcos. Marcos era un barquillero que desde la Chuchillería, donde guardaba en un bajo los útiles del oficio, preparaba a diario su ruta mercantil, según las circunstancias y el género que le tocaba trabajar ese día: Marcos le daba al trato ambulante del barquillo, del pirulí y del helado, pero no se negaba a mercadear la castaña asada al comienzo de la temporada, que era el propicio para intensificar su venta. Marcos tenía tres distintivos que lo hacían único e inconfundible entre los de su oficio: fuera invierno o verano,se distinguía por su blusa, su bigote entrecano con agresivos rizos y su cigarrillo, de los liados a mano, a medio acabar; parecía llevarlo colgado de una escarpia oculta en su labio superior. El barquillero Marcos, único en su especie,creó escuela. Cargaba su mercancía en una caja cilíndrica, pintada con vivos colores, que echaba a sus costillas como si fuera una mochila. A las once de la mañana, más puntual que el cura Don Félix que a esa hora decía misa en San Pedro, abría su negocio a la puerta del Instituto donde tenía su fiel clientela infantil, dada al vicio de hacer su compra al azar: como en las barquilleras de la época, en la de Marcos iba inserta, en su tapadera, una ruletilla tramposa que el cliente hacía girar previa aceptación consentida del resultado que diera la suerte. Aquella era una escuela paralela donde algunos se familiarizaron con el juego prohibido para los mayores. España ya antes de la guerra, era así de paradójica. Pedro Morales Moya.

sábado, 1 de marzo de 2014

ESCENA SUELTA DE POSGUERRA

Al llegar a Vitoria veo a Julio, mi amigo, que mantiene un trato frecuente, según me dice, con todas las mozas de fortuna de la ciudad. Siento ahora una curiosidad malsana y tardía por conocer ese mundo y las circunstancias que concurren en esas mujeres para terminar dedicándose a la vida airada. Elena ya me habló del hambre como mala consejera. Puede ser; pero hace falta también tener callo para montársela con el primero que llega pidiendo servicios de cama y carne. Julio el “Disoluto”, así le llaman, me lleva a conocer las casas de la Nueva de Dentro y me hace pasar a la mejor, a la más cara. Para eludir el impacto de la horrura, de la suciedad del antro, me conduce de prisa a conocer a Débora, la joven putita que pasa por ser la más guapa del oficio en Vitoria. No ha sido fácil. A Débora no le gustan los encuentros sin alicientes profesionales. Lo mío, conocer por conocer, le parece un despropósito. Al fin consiente en mantener una entrevista en su habitación, su centro de trabajo, según nos dice. Es la media tarde, cuando apenas hay demanda de servicios sexuales. Ya estoy dentro del putiferio, un lugar de mediocre traza, más bien sórdido, según yo ya presumía. Débora está enfadada con Julio. Tiene sus razones. Por otra parte, es guapa, lo sabe, hace valer su belleza, impone sus condiciones y no hace salón; no baja a la estancia de la casa donde sus compañeras lucen galas eróticas con idea -se supone-de seducir a los clientes. Débora solo alterna con varones de su agrado y cobra cien donde las demás se conforman con treinta. A los dos -a Julio y a mí- nos recibe sin excederse en cortesías. Su cuarto está escuetamente amueblado: cama torneada de haya, armario de luna, dos sillas, un diván de forro ajado, lavabo con aguamanil y jofaina. Destaca una lámpara con pantalla de seda roja para crear, se supone, un clima íntimo y provocador. Trata de eludir la tristeza ambiental con vistosas flores en sendos búcaros. Débora, consecuente son su enfado, reprende a Julio: - Eres un desgraciado y aún no sé si mereces ser recibido en esta casa. Adivino en Julio una sensación de disgusto. Luego me entero: Julio, en combinación con un canónigo de la Santa Iglesia Catedral de Vitoria, pretendió, en la pasada Cuaresma, organizar una tanda de ejercicios espirituales dirigidos a las inquilinas de las mancebías y Débora se opuso a esta iniciativa. Se extiende en explicaciones. (Del Libro "Ojo de peregrino". Autor Pedro Morales Moya.Email: tumecillo@gmail.com)